lunes, 27 de septiembre de 2010

Historias de La Villa. Capítulo VI

CAPÍTULO VI
Perseverancia

        [Introducir sonido de lluvia]
«Tengo frío, la lluvia me está empapando, apenas puedo ver porque las lágrimas inundan mis ojos». En ocasiones parece que vuelvo a estar tendido sobre ese frío suelo, junto a los cuerpos sin vida de mis padres.
«Te odio…». Cuando yo sólo contaba cuatro años, mi hermano acabó con la vida de toda mi familia excepto la mía para que contemplase la masacre. Se volvió loco porque en el último paquete de patatas que le quedaba, no le tocó el esperadísimo Chiquitazo® de oro en el que se podía leer “¡Grijandemor!”.
Inmóvil, vi como se acercaba a mí bajo la lluvia un sujeto enfundado en una capa negra. Ésa fue la primera vez que vi al que sería mi maestro en mi futuro entrenamiento en la Villa del Cochino: Orotsu-sensei.

[Cuando veas la televisión, deja la habitación bien iluminada y mantén la distancia adecuada.]

Ya en la Villa, Orotsu-sensei me tomó bajo su tutela y me guió en mis primeros pasos por la senda del ninja. Los principios fueron difíciles pues yo había quedado mudo a partir de mi trágica experiencia y él se pasaba 34 horas al día borracho como una cuba, por lo que la comunicación maestro-discípulo no era muy fluida.
Utilizó conmigo métodos muy bruscos para que me recuperase de mi trauma y fortaleciera mi carácter: me obligaba a ver Gran Hermano, hablar de doblaje en vídeos de YouTube de Los Simpson, jugar a la guerra de globos rellenos de nitroglicerina, entrar en un bar heavy con una camiseta de los Jonas Brothers, entrar en un bar cani con una camiseta de los Jonas Brothers y en definitiva, salir a la calle con una camiseta de los Jonas Brothers. Aunque en ocasiones la camiseta podía ser intercambiable por una de “I ♥ Ramoncín”.
Aun así, seguía sin poder hablar y pensé que quizá nunca jamás volvería a ser capaz de hacerlo. Pero un día, mientras me entrenaba cayendo de una altura de treinta y seis pisos con un paraguas de los chinos lleno de agujeros y de un estampado de flores francamente vomitivo que no me conjuntaba con los moratones que tenía por todo el cuerpo, de pronto, mi garganta pudo articular una palabra: «¡Hijoputaaaaaaaaaaa!».
Mientras recogía las piezas del paraguas del suelo, que había salido mejor de lo que yo pensaba, pude percibir unos pasos que se acercaban aun cuando el hecho de que de mis oídos brotaran cantidades ingentes de sangre me hacía oír un incesante y molesto aunque rítmico pitido. Era mi sensei que estaba canturreando agitando un cartón de vino mientras se partía el pecho de la risa como cada vez que realizaba alguna de las pruebas que me pedía. Sólo que esta vez, tenía una buena noticia que darme: por fin iba a realizar mi primera misión como novato y la haría con un compañero, Dr. Jira.
Era un joven muy simpático y pronto nos hicimos amigos y compartimos algunas de las técnicas de nuestros respectivos maestros. Le conté cómo había llegado, mis objetivos, mis aficiones, mi música, mi color y mi aminoácido favoritos. Pasé un rato hablándole a su cuerpo inconsciente mientras descargaba todo lo que no había podido hablar en todo el tiempo que había sido presa del mutismo traumático.
Nos explicaron la misión y consistía en salvar un gatito que no podía bajar de la rama de un árbol que se encontraba en mitad de un desierto rodeado por un río de lava custodiado por un demonio de cinco cabezas, que despedían fuego, hielo, rayo, café de máquina y pis. Me pareció una misión muy adecuada para un principiante y estaba deseoso de poder poner en práctica todo lo aprendido. Pero en mitad de la lucha, sentí una punzada en mi pecho. «La carne a la jardinera», pensé en un principio. Hinqué las rodillas en el suelo y permanecí petrificado mientras Dr. Jira recibía un fogonazo de una mezcla de electricidad, llamas y orina. De pronto un manto de oscuridad me envolvió completamente.
«No estoy preparado, no estoy preparado…», me repetía. Todos los miedos y temores infundados por mi madre despertaron en mí en forma de canción, el canto con el que me arrullaba:
«Cuídate, hijo mío, del hombre del saco,
mantente alejado de los vicios.
Guárdate del vino, las mujeres y el tabaco
pues no van a traerte beneficio.
No hagas ningún ruido después de las doce,
a merced estás de zombis y esquimales.
No hables jamás con quien no conoces
pues sólo te podrían causar males.
Sigue mi consejo y siempre que toques la puerta,
da catorce golpes, nunca trece.
Y una vez que logres que ésta esté abierta,
da la luz un número impar de veces.
Si te mira un zurdo o te cruzas con un gato,
quema tu ropa y métete en lejía.
Si haces caso, hijo, de lo que aquí te relato,
tendrás una vida plena como la mía. »

Volví a la realidad gracias a un mamporro no sé si del demonio o de Dr. Jira y de hecho estaba metido hasta los muslos en un montón de deposiciones del monstruo.
Al final volvimos con las cabezas de aquella criatura —eso sí, del gato nos olvidamos completamente—, pero en mí residía esa congoja. Así que proseguí mi entrenamiento, esta vez solo, para perfeccionar mi habilidad y paulatinamente desembarazarme de esa carga: perfeccioné el arte de la papiroflexia hasta el punto de poder hacer “dignidad” con sólo cuatro pliegues, desbloqueé a Bebé Mario en el Tekken, leí el final de One Piece, aprendí a hacer setenta clases de nudos marineros con vigas rellenas de hormigón y a hacer el pino mientras me como mi propio codo y recito, al mismo tiempo, románticos tercetos cuyos versos exclusivamente contienen nombres de medicamentos para la tos.
Fue cuando ya estaba listo, cuando me llamaron para darme una segunda oportunidad: me ordenaron que asesinara a Sayuri, que por aquel entonces no era ninja pero tenía mucho potencial. Sus movimientos eran veloces y muy buenos, pero sentí una complicidad con la chica que me hizo adivinar todos sus ataques. Al final, cuando la tenía a mi merced, lo que había sentido no me permitió acabar con ella. Además, no podía dejar huérfano como yo a su extraña mascota de grandes orejas, que me miraba con ojitos tiernos.
Pensé que mis superiores quedarían descontentos por mi fracaso, pero resultó que era una misión de reclutamiento y, tras ponerle a Sayuri un horrible vídeo promocional, me dieron la enhorabuena. Esto me brindó otra oportunidad, esta vez de algo más serio ya con un equipo: una misión de salvamento de una chica que había sido secuestrada por unos maníacos peligrosos. Aunque en realidad, lo verdaderamente peligroso fue cierta criatura de los aquelarres que llevaba consigo la muy graciosa. Perdimos a muchos hombres, pero como eran ninjas de relleno los tiramos de cualquier forma en una fosa común y nos quedamos con el dinero suelto que llevaban. Pero al menos cumplimos la misión eficaz y rápidamente.
Fragmento del vídeo de reclutamiento   
Resultó que la chica era Königin, a quien había visto alguna vez porque había estado en la misma guardería que Dr. Jira. Por lo tanto, a partir de entonces, nos pusieron en el mismo equipo a todos, incluyendo a Sayuri y otros que fueron llegando más tarde.
Al poco tomamos el control de casi toda la Villa y nos convertimos en el Cacique Team

Pumukiu




"See you, space cowboy."

3 gruñidos:

Alicia dijo...

Y después de leerme todas las historias, la tuya también, Sayuri, solo me queda una cosa que decir:

Tais zumbaos!!!
XD

Anónimo dijo...

ke grande señores, ya me las he leido todas, y como esta es la ultima comento aki, ala.

me han encantado, an sido geniales, aunke aun me kedao con ganas de ver el video de reclutamiento...

PD: königin, tus veces se morian porke NO se bebian toda el agua
PD: hohen!! XDDD

xoi dijo...

cool! ya me los leí todos. Soy la unica que anda por aqui en el 2013? xD

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