domingo, 26 de septiembre de 2010

Historias de La Villa. Capítulo V

CAPÍTULO V
Memorias de una ninja

Escribo estas palabras en mis últimos momentos de lucidez antes de ser consumida completamente por la locura.
/&§¶@£ß#*. Perdón, es que me he sentado en el teclado, cosas mías.
Yo era una chica normal y corriente nacida en un pequeño pueblo de las montañas cuna de la cultura y de gente amable. Cada día sus habitantes se subían al cerro más alto del pueblo con troncos de madera de haya recién cortados para lanzarlos al sol y así avivarlo. Todas las noches rezaban por que quedara leña suficiente para que hubiera luz al siguiente día. Todos menos el hombre que vivía debajo de dicho cerro, que por alguna extraña razón siempre nos gritaba.
En este paraje de ensueño para cualquier sabio filósofo o mula con yoyó, aprendí las Bellas Artes Marciales. Una disciplina que combinaba magistralmente el uso del pincel y la lucha cuerpo a cuerpo.
Con mi gigantesco pincel a la espalda a modo de espada de mano y media, me dispuse a continuar mis estudios en las Bellas Artes Marciales en Ciudad Capital, únicamente acompañada por mi fiel perro, Yuohkallem.


En mi camino hacia el arjé de esta doctrina, encontré ante mí por vez primera un adversario a mi altura. Su aspecto era extraño; iba totalmente tapado por una capa negra y aunque no llevaba la cara cubierta, una sombra parecía dibujar la mitad de su rostro.
Mi primer impulso fue ponerme en guardia e intentar sorprenderlo con un ataque por el flanco izquierdo, pero enseguida adivinó mis movimientos. Entonces, me abalancé por la derecha, pero él parecía estar leyéndome el pensamiento. Llamé a mi perro para intentar asestarle un golpe por sorpresa, pero cuando miré hacia atrás, me di cuenta horrorizada de que ya se había encargado de él… Le había arrojado una hamburguesa de plástico que pitaba cuando la mordía y el perro estaba la mar de a gusto y no me hizo ni puto caso.
Conseguí separarme de mi rival y utilicé mi técnica secreta: le canté el opening de Evangelion en perfecto japoñol, pero él se sabía la letra también y me hizo los coros. Maldije su magnífica habilidad y decidí terminar con él con mi técnica más letal: citar de memoria los diálogos de Los Simpson. Parecía que la suerte volvía a mí cuando de pronto, se puso a hacer una perfecta imitación de Lenny que hizo que cayera de bruces al suelo… descojonándome.
Abatida ante tal derrota, hinqué las rodillas en el suelo y comencé a oír una música melancólica mientras llovía de repente en la oscuridad más absoluta de la noche, cosa extraña porque acababa de amanecer. El guerrero se acercó a mi, harisen en mano, dispuesto a darme el golpe de gracia cuando… paró en seco su ataque y se marchó.
Desalentada y desolada ante la derrota caminé sin rumbo ya pues perdí mis deseos de proseguir mi búsqueda de la supremacía de las Bellas Artes Marciales. Cuando, en aquel momento, mi perro Yuoh comenzó a rastrear algo. Nervioso me pedía con ladridos que lo siguiese y yo así lo hice.
Comencé a correr tras él a través de un cada vez más frondoso bosque que me envolvía. A medida que me adentraba, veía extrañas cosas a mi alrededor como cobayas con la cara de Leónidas o dinosaurios heavys tocando la guitarra eléctrica. Definitivamente, no era ningún lugar en el que hubiera estado antes.
Divisé una figura en la lejanía y me dirigí a ella con la intención de preguntarle qué era este lugar, pero cada vez que me intentaba aproximar, ella se alejaba más y más.
Tras catorce minutos persiguiendo mi sombra lo cual a mi perro le pareció muy divertido, vislumbré otra figura que resultó ser mi contrincante de antes.
Con la hamburguesa de plástico que pitaba en la cabeza, se quitó la capucha dejando al descubierto su cara y dijo:
—Esto es la Villa del Cochino. Tienes un gran potencial en tu interior. Si me aceptas como entrenador, puedo enseñarte los grandes secretos de los ninjas y tendrás acceso a la piscina climatizada.
—De acuerdo. Estoy preparada —respondí.
—¿Qué? —espetó— Yo hablaba con el perro, pero supongo que tú también puedes venir.

Ésa fue la primera vez que vi con claridad el rostro de Pumukiu. Más tarde me enteraría de que los grandes caciques de la Villa habían encomendado a Pumukiu que me trajese aquí pero, puesto que la técnica de los pingüinos mensajeros aún no estaba demasiado pulida por aquel entonces, Pumukiu había malinterpretado el baile del pingüino y creyó que lo que debía hacer era acabar con mi vida. Sin embargo, aún hoy no sé por qué desobedeció aquella orden que creyó recibir y me perdonó la vida. Tal vez, desde el primer momento sintiese lo mismo que yo…

Sayuri

3 gruñidos:

Pumukiu dijo...

Realmente nuestro primer encuentro fue así. Y lamento lo del pingüino.
Gran episodio.

Sayuri dijo...

Me alegra saber que al menos una persona ha leido mi historia. Gracias.

Ezepu dijo...

Bueno, pues ya somos dos y medio. Tu sabes, desde que Pumukiu hace como el que no me conoce porque (casi) no posteo no me siento persona, jeje.
Por cierto, no sabía que tu eras el que había entrenado a Mickey M. para su próxima aparición en consolas. Que pena que después de la paliza, tardo un par de anios más en poder levantarse, jeje.

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